El Beagle, el barco en el que se forjó la teoría de la evolución de las especies, nació como barco de guerra, pero no participó jamás en una batalla.
El Beagle, el barco en el que se forjó la teoría de la evolución de las especies, nació como barco de guerra, pero no participó jamás en una batalla. Era un navío de clase Cherokee, un tipo de embarcación que los marineros apodaban "bergantín-ataúd" porque casi la cuarta parte de los barcos de esta clase que se construyeron en la época naufragaron o quedaron inútiles al enfrentarse con las inclemencias del mar. El Beagle, sin embargo, vivió para contarlo y para cartografiar las costas más peligrosas del planeta, allí donde el mar y las islas tienen nombres como Tormenta, Hornos, Desolación o Riesgo.
Cuando Charles Darwin partió con el Beagle, éste era ya un barco experimentado en los mares del cono sur americano. Junto con el Adventure, un navío de mayor tamaño, había participado en un viaje que el Almirantazgo británico organizó en 1826 para inspeccionar las costas suramericanas. Su capitán era Robert Fitzroy, un marino aristócrata de carácter resuelto que había asumido el mando de la nave cuando su anterior capitán, Pringle Stokes, vencido por las dificultades, se pegó un tiro en la bahía chilena de Puerto Hambre.
Si Darwin aguantó e incluso disfrutó durante la travesía del Beagle, fue, en gran medida, gracias a los cuidados de Fitzroy. El capitán había solicitado su presencia entre la tripulación y durante los cinco años en los que recorrieron el mundo siempre veló por la seguridad y salud de su compañero. Algo que Darwin necesitó a menudo, porque era una persona que se mareaba nada más pisar un barco. Por eso no extraña que ambos acabaran siendo grandes amigos, pese a que cada uno tenía una forma diferente de ver el mundo.
Robert Fitzroy era el prototipo de personaje victoriano, de aristócrata inteligente y enérgico. Tenía 26 años y, aunque era admirador de todas las ciencias en desarrollo de principios del XIX, creía a pies juntillas que la explicación de cualquier enigma estaba en la Biblia.
En el otro platillo de la balanza estaba Charles Darwin, de 22 años, un licenciado en arte que estaba planteándose convertirse en clérigo. Su destino, sin embargo, iba a estar en el polo opuesto del inmovilismo de la Iglesia de aquellos tiempos. Poco antes de decidirse por los hábitos, una carta del Almirantazgo le ofreció la posibilidad de dar la vuelta al mundo como naturalista del Beagle. No lo dudó, y el 27 de diciembre de 1831 se hizo a la mar junto con Fitzroy.
Durante los cinco años de viaje, la admiración mutua fue la tónica general entre ambos jóvenes. Fitzroy puso toda su energía y empeño -y parte de su fortuna personal- en lograr la impresionante tarea que le habían encomendado. Darwin, menos ambicioso y con mareos crónicos, se sentía desbordado por la inmensidad, variedad y belleza del-mundo que estaban descubriendo. Ambos eran dos jóvenes inteligentes y resueltos con un mundo desconocido y fascinante por delante, y su misión, arriesgada, excitante y gloriosa, era descubrirlo, catalogarlo y cartografiarlo.
La historia tenía reservados destinos diferentes a los dos amigos. A su vuelta a Inglaterra, el viaje del Beagle les dio fama y renombre en los círculos científicos y sociales. En un principio, la mayor parte de la gloria se la llevó el capitán, pero con el paso de los años su suerte se fue torciendo. Fitzroy publicó en dos volúmenes la epopeya de los dos viajes del Beagle mientras Darwin completó la publicación con un tercer tomo basado en sus descripciones de la naturaleza y sus criaturas. El único libro que se vendió con éxito fue el del naturalista. Y la gloria fue cambiando de bando.
Darwin no desarrolló su revolucionaria teoría hasta pasados dos años de su regreso. Aun así, tuvieron que pasar otros 21 hasta que se atrevió a publicarla. Las implicaciones de aquel pensamiento evolucionista eran demoledoras en la sociedad en la que vivía. Una sociedad que creía de tal forma las palabras del Antiguo Testamento que explicaba la evidencia de fósiles gigantescos por el tamaño de la puerta del arca de Noé: aquellos animales que no habían cabido por la puerta se habían extinguido. Y la mayoría de los científicos de la época lo aceptaban ciegamente. ¿Cómo atreverse a postular una teoría que podía conducir a la idea de una creación sin Dios y a la aún más perturbadora idea de un mono como antecesor de los hombres? Sus pensamientos eran una herejía para la época, una blasfemia, un atentado al orden moral establecido. Y como Darwin se había casado con su prima, heredera del magnate de la cerámica Josiah Wedgwood, y no tenía ninguna necesidad material que le apremiara a hacer publicaciones, prefirió esperar.
Mientras tanto, Fitzroy ya había sufrido distintos avatares en su carrera. Había probado fortuna en política, fracasó como gobernador de Nueva Zelanda, padeció la injusta humillación de la prensa cuando inventó el servicio meteorológico -servicio que aún sigue hoy en activo- y sufrió la muerte de su mujer y su hija mayor. El destino había sido cruel con él y aquella carga se hacía insoportable para un hombre propenso a la depresión y con antecedentes familiares de locura. Cuando Fitzroy se casó por segunda vez, se aferró a la religión de forma desesperada. Por aquel entonces, su antiguo amigo Charles Darwin, apremiado por otros científicos que estaban llegando a las mismas conclusiones que él había postulado años atrás, publicó El origen de las especies, el arma más demoledora contra los creacionistas que haya existido jamás.
Para Fitzroy, el golpe fue brutal. Había ayudado, alentado y dado los medios físicos y materiales a la persona que había herido de muerte el pilar de su fe. Él era responsable de lo que consideraba una abominación. Después de sufrir la última humillación intentando rebatir las ideas de Darwin en un foro público de Londres, Fitzroy cayó en una profunda depresión. El 30 de abril de 1865, cuando parecía recuperado, se levantó temprano, saludó a su mujer y a su hija Laura, cogió su navaja y se rebanó el cuello en el vestidor de su habitación.
El tiempo había cambiado a los tres protagonistas de la historia. A Darwin, enfermo desde su regreso a Inglaterra, lo convirtió en un recluso en su propia casa. A Fitzroy lo transformó en un fracasado crónico. Y al Beagle, después de estar anclado durante 25 años en dos ríos de Essex, lo convirtió en un desecho naval que en 1870 se vendió por 525 libras.
El origen de las especies y la teoría de la evolución eclipsaron sus historias y las deformaron. A Darwin lo recordamos como al aburrido intelectual de sus últimas fotografías. Al Beagle lo recuperamos ahora hundido en el barro y carente de toda gracia. Y a Fitzroy, un hombre al que la navegación, la meteorología y la historia le deben gloriosas páginas, ni siquiera lo recordamos, salvo para nombrar un cerro en la Patagonia Argentina.
Pero con el hallazgo de Robert Prescott ha vuelto a la memoria el navío en el que dos jóvenes se enfrentaron al mundo y a sus propios fantasmas para descubrirnos, cada uno a su manera, lugares repletos de maravillas.
Inglaterra fue el reino más poderoso de la Tierra durante todo el siglo XIX. Su sociedad se autoproclamaba superior a las demás en los capítulos moral, intelectual y religioso. La ciencia estaba en auge en esa época, pero la religión marcaba cánones inviolables que la investigación no se podía saltar: todas las grandes preguntas encontraban respuesta en los textos de la Biblia, que se trataban como dogmas sin la menor discusión. Pero llegó un momento en el que el avance científico hizo insostenible la armonización de los nuevos descubrimientos con la religión creacionista. La teoría evolucionista de Darwin, según la cual podía haber una creación sin Dios y una evolución de las especies a partir de individuos de rango evolutivo inferior, supuso un impacto sin precedentes en la sociedad victoriana. No era sólo cuestión de dudar de la presencia de Dios detrás de todas las cosas, sino que se planteaba la posibilidad de que los hombres descendieran de los monos. Algo que para los gentlemen era inaceptable.
Fernando González Sitges
Publicado en El Semanal 11 de abril, núm. 859
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Creada.....: sábado, 17 de abril de 2004
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